lunes, 10 de mayo de 2010

Virgencita, que me quede como estoy

La reforma del Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD) de la que les hablaba hace algunas semanas entra en una fase clave, en la que los dos fondos que sustituirán al viejo FAD  (FIEM, orientado a la internacionalización de la empresa española; y FONPRODE, orientado a la cooperación internacional) se discuten  por separado en el Congreso y el Senado, respectivamente.

No les voy a aburrir con los detalles técnicos de esta reforma (que pueden encontrar aquí). Me interesa únicamente destacar esta idea: tras seis años de retraso, la reforma de uno de los instrumentos más polémicos y delicados de la ayuda oficial española llega en el peor momento. En un contexto de déficit público galopante, el compromiso del Gobierno por incrementar la partida de AOD se puede convertir en un arma de doble filo: los créditos son el único recurso disponible para subir los fondos sin tocar el déficit; para exprimir esta partida se propone una reforma legislativa que nos devuelve a las tinieblas de hace poco más de una década, cuando los conseguidores de un puñado de empresas hacían su agosto a costa del contribuyente propio y de la deuda ajena.

España debe seguir al lado de quienes padecen los peores excesos de una crisis que no han  provocado, pero no puede hacerlo de este modo. Si al fiasco al que ha quedado reducida la reforma de la AECID se une ahora el estropicio de la reforma del FAD, el legado del Presidente Zapatero en este ámbito corre camino de evaporarse por completo. Frene, hombre de Dios, y deje bien atado lo que tenemos antes de meterse en otros jardines.

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