jueves, 18 de noviembre de 2010

Niños

El nacimiento de mis hijos transformó el modo en el que entiendo la pobreza. La paternidad multiplica la empatía y permite comprender mejor la ansiedad o las esperanzas de unos padres que se enfrentan a la educación, la salud o la alimentación de sus hijos. Y la tragedia de no poder cumplir sus expectativas.

Leo anoche el espléndido informe hecho público por el Comité Español de UNICEF sobre La infancia en España 2010-11. El documento revela la inquietante realidad de cerca de dos millones de menores en nuestro país (1 de cada 4), cuyas familias viven en la pobreza o muy cerca de ella. Por primera vez desde que fue creado en España, UNICEF profundiza en los retos pendientos en la aplicación de la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada hace dos décadas, y con ello entra con argumentos en un debate demasiado reducido a funcionarios y académicos. [De hecho, una de las mejores noticias de este trabajo es mostrar la ilusionante deriva que está tomando esta organización en los últimos tiempos.]

Qué les puedo decir que no les haya dicho ya... Con este informe UNICEF subraya la misma idea que debería lucir en el fondo de pantalla de nuestros ordenadores: esta crisis no debe ser reducida a una batalla entre pobres. Las sociedades decentes y los gobiernos inteligentes se ponen del lado de las víctimas, estén donde estén. Cuando escuchen hablar de menores españoles en riesgo social, de inmigrantes irregulares, de víctimas del cólera en Haití o de refugiados saharauis, no se equivoquen: es la misma música con diferentes letras.

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