viernes, 22 de octubre de 2010

Para melancólicos políticos

Si comparten ustedes conmigo esa incómoda ambivalencia que no nos deja vivir con la política pero tampoco sin ella disfrutarán esta pequeña pieza escrita por un buen amigo. Mi educación ciudadana y la esperanza de vivir en sociedades mejores se ha ido conformando a base de reflexiones como ésta (además de un peregrinaje por partidos e iniciativas que mi confesor y mis asesores legales me impiden mencionar).

Un guiño melancólico de fin de semana para apátridas políticos.


TODO SE COMPLICA

Diego Íñiguez (Publicado en los medios del Grupo Vocento el 22 de octubre de 2010)

La política en los Estados Unidos es dura. Piensa uno que un dirigente europeo que se viera transportado –quizá por artes de magia negra de un compañero de partido– a ella se tiraría al Potomac en una semana al verse enfrentado a procedimientos parlamentarios que bloquean reformas apoyadas por el 60% de los senadores, a la negociación diaria y a cara de perro con los congresistas, gobernadores y lobbistas del propio partido, a la ferocidad con que se abren paso grupos de presión o Tea parties. Si se compara con la vida en los partidos europeos, funcionarizados y al abrigo de sus opiniones públicas gracias a las listas cerradas, da vértigo.

Pero ¿es más fácil la política europea? ¿Lo es para la oposición en Italia bajo el omnipresente berlusconismo televisado? ¿En la Bélgica erosionada por los particularismos lingüísticos? ¿Lo será en el Reino Unido si se hace proporcional el Parlamento? No son problemas abstractos: en Suiza prosperó el referendo contra los minaretes frente a toda la clase dirigente. Las expulsiones de gitanos de Italia o Francia disparan alarmas, llegan al poder xenófobos declarados: la Lega Nord, en Suecia, en Holanda. La Europa rica tiene miedo, cree poderse blindar. Parte de su electorado ya ni guarda las apariencias hacia los que llegan de fuera para hacer trabajos que no quieren los nacionales.

Hay otros déficits. El presidente turco explica el retraso de la entrada de su país en la UE por la falta de pensamiento estratégico de los dirigentes e intelectuales europeos. Si pensáramos a 25, 50 ó 100 años, dice Abdullah Gül, veríamos razones –de seguridad, suministro energético o demografía- que deberían pesar más que las de la política de diario. En EEUU, cientos de fundaciones, académicos y hasta los estudiantes universitarios hacen proyecciones a partir de la Historia de Roma o la moderna, de cálculos económicos o sobre recursos naturales. Siempre con apasionamiento, muchas veces con realismo. La élite británica, formada en las únicas universidades europeas con buen lugar en los rankings, defiende implacablemente sus intereses nacionales. Alemania, más internacionalista, tiene un tejido envidiable de fundaciones para la formación política. En España, esfuerzos solventes (Elcano, Oxfam, Alternativas, FRIDE, CIDOB) no tienen los lectores que merecen: nuestros futuros dirigentes estudian, si acaso, Derecho, o dan sus primeros pasos en la nueva carrera política profesional.

Sin saber cuáles son los objetivos es difícil valorar los resultados, incluso cuando las cosas van bien. Ocurre en Alemania: aunque el país celebra veinte años de reunificación, ha salido de la crisis con un crecimiento del 3,5%, el paro baja a cifras mínimas, su política no refleja esa bonanza y los partidos que la impulsaron con sus reformas pierden terreno. Un nuevo orgullo nacional surge tímidamente entre las dudas e inseguridades que son parte esencial de la cultura política alemana: ¿quién ha ganado con la reunificación? ¿Las empresas que han reconstruido las infraestructuras del Este, los jóvenes de los nuevos estados, que tienen ahora el mundo abierto? ¿Han perdido su país los alemanes del Este? ¿O son los del Oeste, los teóricos vencedores, los que perdieron la buena, vieja RFA, endurecida desde que desapareció el modelo rival? ¿Por qué no gana ventaja Merkel con las velas cargadas de la economía? ¿Por su estilo de gobierno indecisivo, por una incompatibilidad esencial entre sus democristianos y los liberales, porque no es bastante conservadora, porque la gente sabe que las vacas gordas vienen de esfuerzos anteriores y cree que ahora toca repartirlas subiendo los sueldos?

La política alemana gasta mucha energía en debates que no responden a discrepancias reales. Ocurre con la inmigración: en realidad todos son integradores, el modelo de acogida alemán nunca ha sido multicultural. Lo que se busca son puntos políticos -el voto del 15% más conservador, titulares en los medios- o preparar a la opinión para medidas en las que la clase dirigente está esencialmente de acuerdo. Con más partidos, la gestión del sistema político se hecho más difícil. Los grandes envejecen, pierden votos y juzgan duramente a los verdes, que los ganan: son una suma de protestas, dicen, no lograrán hacer un programa, no tienen experiencia. La generación política de Kohl se apaga como la salud de Schäuble; la del 68 tiene un pie fuera. El episodio político más interesante hoy es la protesta contra un proyecto ferroviario, Stuttgart 21, aprobado en su día pero cuestionado hoy por verdes y ciudadanos enfadados. Está en peligro la gobernabilidad del país si una minoría de activistas logra bloquear una decisión acordada regularmente por la mayoría, dicen los defensores; lo relevante es la opinión claramente manifestada hoy por los ciudadanos y no una decisión adoptada hace años en un oscuro procedimiento, dicen los oponentes. Democracia representativa frente a la plebiscitaria. La canciller Merkel ha respaldado con inusitado brío al gobierno regional democristiano y se la juega en las elecciones regionales de marzo.

Todo se complica. Una sensación de que atardece, hace frío y recordamos tiempos soleados nos recorre la espalda. Gobernar parece cada vez más difícil, cuando más falta hace. O quizá siempre ha hecho falta y siempre decepcionan los gobernantes: los libros que publican hoy los grandes líderes de ayer curan cualquier añoranza, cansa tanto carisma. Crecemos con una concepción lineal del tiempo, con un sentido del progreso que nos hace querer ser mayores para ver qué hay más allá. Intuir que no hay nada mejor, o nada bueno, nos entristece. A lo mejor no es para tanto: a veces, en otoño, es lo que pasa.

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