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lunes, 24 de enero de 2011

Dead ideas

Dembisa Moyo hizo carrera hace un par de años en el star-system de los críticos de la ayuda al desarrollo, en el que también han apuntalado su fama otros autores como Bill Easterly (con muchos más argumentos, todo hay que decirlo, a pesar de lo cual fue crujido por el Nobel Amartya Sen en esta contundente pieza). Con su libro Dead Aid bajo un brazo y el bolso de Prada bajo el otro, se paseó por medio mundo proponiendo la eliminación de los programas de ayuda a África, que debían ser sustituidos por préstamos en los mercados internacionales de capitales.

Dejando a un lado el hecho de que Dead Aid fue publicado solo unas semanas antes de la caída de Lehman Brothers y el comienzo de la crisis financiera (lo que redujo el valor de los incipientes bonos africanos al de una estampilla de Bollicao), su libro constituye una colección de argumentos distorsionados y parciales; un libro escrito para justificar un propósito ideológico con independencia de la realidad. Naturalmente, parte de su crítica al impacto y la utilidad de la ayuda es muy cierta, pero, como señaló Kevin Watkins en su momento, "comparado con Moyo, Bob Geldof es un modelo de matices y realismo cauto" (el resto de su crítica está aquí; no se la pierdan).

El caso es que su trabajo despertó un interés inusitado. Prestigiosos historiadores económicos como Niall Ferguson terminaron el libro "con la necesidad de mucha más Moyo y mucho menos Bono", lo cual dejó perplejos a los académicos y activistas que llevan años luchando la batalla difícil: hacer de la ayuda un instrumento útil y complementario a otras políticas de desarrollo (ver, por ejemplo, la contestación general de Oxfam en este documento). En este debate, las pulsiones revisionistas de Moyo ayudaban bastante poco.

Les cuento todo este rollo porque el tiempo parece haber confirmado la dudosa solidez de nuestra autora. En una demoledora crítica publicada esta semana, The Economist crucifica el nuevo libro de Moyo con la siguiente frase introductoria: "He aquí dos predicciones sobre la economía mundial. Primera, los males de Occidente y el auge de las economías emergentes generarán una montaña de libros. Segunda, no es fácil que alguno de ellos sean tan malo como How the West Was Lost'". El argumento principal de los lamentos de The Economist: la distorsión (o la abierta omisión) de datos fundamentales con el objeto de justificar su tesis. ¿Les suena?

miércoles, 5 de enero de 2011

Verdades no tan aceptadas

La vieja batalla entre las 'verdades aceptadas' [conventional wisdom] y sus detractores no es lo que solía ser. Cuando el economista progresista John Kenneth Galbraith comenzó a utilizar este término en los años 50 sus objetivos no eran solo las opiniones erróneas ampliamente asumidas, sino aquellas que eran el resultado de la inercia y la conveniencia. Las 'verdades aceptadas', pensaba Galbraith, alimentan la complacencia. Nos permitían "evitar esfuerzos incómodos o inoportunas variaciones en nuestras vidas", escribió en la La sociedad opulenta.
El resto de esta pieza breve de Stephen Sestanovich -así como la de otros once autores que cuestionan esas 'verdades aceptadas'- esta disponible aquí, en un reportaje especial de Foreign Policy para su 40 aniversario. No está de más recordar ahora el espíritu combativo de Galbraith, que inspiró en cierto modo la creación de esta revista (combativa dentro un orden; no vayan a pensar que esto es Rebelión).

[Si tienen tiempo, interés y ánimo, les recomiendo la biografía de Galbraith que escribió Richard Parker. Es una delicia recorrer de la mano de este provocador la historia y la economía del siglo XX. El resumen del libro y otros muchos materiales audiovisuales están disponibles aquí.]

miércoles, 6 de octubre de 2010

¿Por qué nos condenarán las futuras generaciones?

Mi compañero Duncan Green incluía ayer en su blog una interesante entrada titulada ¿Por qué nos condenarán las futuras generaciones?, a propósito de un artículo publicado por el filósofo ghanés Kwame A. Appiah en The Washington Post. 

La entrada y el artículo son una reflexión sobre el modo en el que evoluciona la concepción de lo moral y lo aceptable en nuestras sociedades: ¿qué derechos y conquistas sociales nos parecen hoy naturales, pero resultaron inconcebibles en algún momento de la historia? Ya les he hablado en alguna ocasión del modo en el que la esclavitud resultaba perfectamente aceptable para nueve de cada diez británicos a finales del siglo XVIII. Lo mismo se puede decir de las palizas continuadas a mujeres, la segregación racial o la injerencia de las Iglesias en los Estados (esto último, ay, aún sigue calando en parte de nuestras sociedades). Cualquiera de estas batallas por la justicia constituye una historia fascinante, en la que la lenta transformación social alcanza en algún momento la cima para desarrollarse de forma súbita y en poco tiempo (el concepto del tipping-point que popularizó Malcolm Gladwell hace unos años) 

Appiah menciona cuatro candidatos firmes para el bochorno de futuras generaciones: nuestro sistema penitenciario; la producción industrial de carne; el aislamiento de los mayores; y la degradación medioambiental. 

Yo les propongo un quinto, del que Appiah ha hablado en otras ocasiones: el régimen migratorio global. Tengo la certeza de que dentro de cien años veremos las restricciones de la inmigración laboral como un anacronismo equiparable a la esclavitud o a la restricción del sufragio universal y nos espantaremos del día en que la nacionalidad de una persona podía justificar su reducción a una ciudadanía de tercera clase.

[El artículo está escrito a propósito del nuevo libro de Appiah: The Honor Code: How Moral Revolutions Happen. Sospecho que será una lectura interesante para activistas con insomnio.]

martes, 7 de septiembre de 2010

Africa Addio

El aniversario de la independencia de África despierta en el mundo hispanoparlante un escaso interés. Cierto que 50 años no son dos siglos, pero entristece comprobar hasta qué punto estamos dispuestos a ignorar las lecciones del proceso de emancipación política más importante de nuestras generaciones.

En realidad, la descolonización tuvo lugar entre 1951(Libia) y 1993 (Eritrea), pero buena parte de las jóvenes repúblicas nacieron alrededor de 1960. Con muy contadas excepciones, estas cinco décadas constituyen el relato de un fracaso. La guerra, la corrupción, la pobreza y la tiranía oscurecen las escasas historias de éxito (Botswana destaca entre todas, pero también Tanzania, Mauricio o Cabo Verde constituyen casos esperanzadores). Casi todos padecieron la pinza del activo intervencionismo extranjero y el pasivo gobierno autóctono. Casi ninguno se libró de conflictos económicos y sociales presentados como choques tribales.

Lo crean o no, es casi imposible encontrar un relato completo en castellano de este proceso, cuyas historias son absolutamente fascinantes. Existen buenas descripciones de caso (de Ruanda, Sudáfrica o Congo, por ejemplo), pero no la historia contemporánea de África que necesita nuestro idioma. En los próximos meses Intermón Oxfam publicará una de las mejores (El destino de África, de Martin Meredith, cuya edición original está descrita aquí), así que pongamos una vela a San Cucufato para que lleguen otros.

Mientras tanto, niños y mayores, quizás quieran entretenerse con la original serie de documentales que propone al respecto la cadena qatarí Al Jazzera (gracias a Javier por la pista). La programación incluye capítulos específicos sobre diferentes países, pero pueden abrir boca con el programa introductorio de 45 minutos (The Scramble for Africa), que es francamente interesante.

Y, si no se lo cuentan a nadie, les propongo que le echen un vistazo a otro documental (docudrama, dirían sus críticos). Se trata del reportaje Africa Addio, escrito y dirigido en 1966 por dos periodistas italianos dentro de la serie Mondo Cane. La película, de más de dos horas, describe el período inmediatamente posterior a la salida de las potencias europeas (Reino Unido, fundamentalmente), y lo hace con una crudeza que impresiona. 

Lo criticable es que el reportaje no sólo ignora por completo los años previos a la descolonización -en los que se enraizan muchos de sus males- sino que ofrece una visión sesgada (y racista, supongo) de quienes asumieron el poder a partir de entonces. Hubo violencia y abuso, qué duda cabe, pero les aseguro que su sofisticación sólo era comparable a la que desplegaron ingleses, franceses o portugueses durante casi 100 años de colonia. [No lo sabía cuando lo vi por primera vez hace unos años, pero uno de sus autores fue procesado y absuelto por "arreglar" uno de los asesinatos del filme para añadir dramatismo. Así está el patio...]. Pese a estos antecedentes (más detalles aquí), será difícil que encuentren imágenes tan cercanas de esta historia. Así que les sugiero que se carguen de prejuicios y le echen un vistazo.

martes, 31 de agosto de 2010

Tony Judt

El pasado 6 de agosto, tras una enfermedad devastadora que literalmente redujo al hombre a su palabra, murió en Nueva York el historiador Tony Judt. Les he hablado en otras ocasiones de este académico inusual, que concitó las virtudes que más aprecio en un intelectual de estos tiempos que corren. Su sentido común, su heterodoxia y su entusiasmo por los argumentos razonados y el interés público hicieron de él una referencia imprescindible de la historia moderna de Europa y un profeta de las lecciones que debemos aprender de nuestro pasado.

No les voy a aburrir con una cantinela de sus méritos. Desgraciadamente yo le descubrí tarde, de la mano de un buen amigo que me recomendó hace un par de años una colección de ensayos titulada Sobre el olvidado Siglo XX. Desde entonces he leído con fervor religioso casi cualquier pieza suya que ha caído en mis manos. Los lectores apurados de baños y cenas apreciarán especialmente la serie de artículos breves que ha ido publicando durante los últimos años en The New York Review of Books. Pero dense la oportunidad de disfrutar el libro al que me he referido, o la emocionante defensa de la izquierda inteligente que realiza en Ill Fares the Land, cuando no lo quedaban fuerzas para casi nada. Yo me dispongo a hincarle el diente a Posguerra (una historia de Europa tras la Segunda Guerra Mundial) y confío en leer en algún momento Pasado imperfecto, en el que reflexiona acerca de la incapacidad de muchos intelectuales franceses de tomar distancia del comunismo estalinista en los años posteriores a la guerra.

Y si son aficionados a los buenos obituarios les recomiendo que no se pierdan dos de los muchos que se han publicado recientemente: el de Geoffrey Wheatcroft en The Guardian ofrece un comentario informado e interesante de su vida y de su obra (incluyendo alguna polémica sonada de este judío que tanto criticó la política de Israel); pero me ha gustado particularmente la nota emocionada de su amigo Timothy Garton Ash, en la que describe la trayectoria personal e intelectual de un hombre "que caminó junto a sus libros, discutiendo, hasta el final mismo".

Tony Judt recorrió la vereda incómoda de la política y la historia. Nunca se conformó y nunca admitió que otros se conformaran. Como dijo en muchas ocasiones citando a su admirado Camus, "si existiese un partido de aquellos que no están seguros de tener razón, pertenecería a él". No se me ocurre mejor ejemplo para seguir adelante. 

jueves, 29 de julio de 2010

Me voy de vacaciones con mi mamá. Les dejo con unos libros para la playa.

Así es, sufridos lectores. Y nada menos que todo el mes de agosto, como los clásicos. Procuraré seguir escribiendo de vez en cuando, pero sólo de vez en cuando.

Y para que no se me aburran, les dejo con algunas propuestas de lectura que quizás les interesen. Todas tocan de algún modo los temas de este blog, pero, a diferencia de lo que yo escribo, todas constituyen una lectura fascinante. Perdonen si repito alguna de las recomendaciones que he hecho en otras ocasiones:

- ¿Se han preguntado alguna vez por qué unas civilizaciones han prosperado y otras no? Jared Diamond escribió hace algún tiempo una impresionante historia del desarrollo en los últimos 13.000 años. Armas, gérmens y acero es una pieza única que habla de geografía, de abusos y de mala suerte.

- No lo he leído todavía, pero dos buenos amigos de opiniones más que fiables me regalaron la novela La primera agencia de mujeres detectives de Botswana, de Alexander McCall Smith. Mi mujer lo pasó pipa con este pequeño libro que, al parecer, es el primero de una serie igualmente entretenida.

- Cómo he disfrutado este invierno las Historias y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis, y la biografía de García Márquez que publicó recientemente Gerald Martin... De forma diferente, ambas te atrapan en la historia reciente de América Latina. La de Martin, en particular, es una hoja de ruta de la política y la literatura del continente en los últimos sesenta años.

- Se lo comentaba hace unos días: todo lo que ha publicado Michela Wrong merece ser leido. El mejor de sus libros, para mí, es No lo hice por ti. También les recomendé hace tiempo El fantasma del Rey Leopoldo, donde Adam Hoschild describe el tiempo en el que Congo constituyó la propiedad privada del  monarca belga. Les aseguro que adquiere el pulso y el interés de la mejor novela negra. (Por cierto que me topé el otro día con un vídeo largo en el que el autor charla sobre su libro; un personaje peculiar.)

- Finalmente, no dejen de leer El antropólogo inocente, un relato absolutamente desternillante sobre las experiencias del antropólogo británico Nigel Barley en el norte de Camerún. Lo disfrutarán de principio a fin.

Si alguno tiene tiempo y ganas, que comparta en esta página o en la Facebook sus propias sugerencias. Es mi modo de decirles que les quiero.

Lo dicho: que descansen mucho los que se tomen vacaciones ahora. Para los del hemisferio sur, mucho ánimo que enero ya a está a la vuelta de la esquina.

viernes, 16 de julio de 2010

Michela Wrong

Michela Wrong es una periodista sabia e imprescindible, y una verdadera conocedora de África. Su estilo y su carrera se han forjado a base de miles de conversaciones inverosímiles que le han abierto un mundo vedado al cronista de salón y al reportero paracaidista, tan abundantes en el periodismo que cubre los países del Tercer Mundo.


La conocí hace algunos años, cuando Intermón Oxfam publicó su primer libro (Tras los pasos del Sr. Kurtz, un relato apasionante sobre Mobutu Sese Seko y sus cuatro décadas de poder absoluto en el Zaire). Desde entonces he seguido de cerca su trabajo: me fascinó No lo hice por ti, en el que desgrana la trágica historia de Eritrea y de unos líderes desquiciados por el poder y la guerra. Y me atrapó una vez más hace unos meses, cuando desveló al mundo la historia de John Githongo y su cruzada contra la corrupción en la Kenia de Mwai Kibaki (It's Our Turn to Eat, que también publicará Intermón en los próximos meses).

Ahora Michela Wrong estrena página web. No dejen de visitarla. Además de la información relativa a sus libros encontrarán una relación completa de los artículos y entrevistas que publica en la prensa británica, y que a menudo constituyen un tratado del sentido común y la esperanza que necesita África.

sábado, 24 de abril de 2010

Barro de Medellín

Muchos de ustedes, sufridos lectores, se enfrentarán como yo al reto de educar a nuestros hijos en la idea de un mundo que necesita cambios de arriba a abajo. Si éste es el caso, les sugiero una lectura para compartir con su familia: Barro de Medellín, de Alfredo Gómez-Cerdá.



Esta soberbia novela -premio nacional de literatura infantil- relata la amistad de Camilo y Andrés, dos chavales de 10 años que viven en una de las barriadas marginales de Medellín. Es una historia de pobreza y abandono, y al mismo tiempo es un relato profundamente esperanzador. Los héroes son una bibliotecaria empeñada en salvar a unos niños a base de dejarse robar libros, y un pariente ausente, muerto a tiros por el narco, al que Camilo y su madre recuerdan siempre sonriendo.

La barriada Santo Domingo de Medellín, sus calles sin asfaltar y su improbable biblioteca España constituyen el mundo que nuestros amigos no cambiarían por nada. Recórranlo con sus hijos y compartan con ellos la ternura que derrochan Camilo y Andrés cuando, refugiados de la lluvia y del maltrato bajo un trozo de latón, se confiesan el uno al otro: "hemos tenido suerte".

domingo, 4 de abril de 2010

"Enterrad las cadenas": El nacimiento del activismo moderno

Terminé hace unos días el espléndido volumen de Adam Hochschild sobre la campaña que puso fin a la esclavitud en Inglaterra a principios del siglo XIX: Enterrad las cadenas: la lucha de los británicos por abolir la esclavitud (en la edición española tiene el desafortunado subtítulo de Profetas y rebeldes por la liberación de los esclavos).

Una lectura absolutamente recomendable.

Hoschchild me fascinó en su momento con su historia del Congo colonial (El fantasma del Rey Leopoldo), un libro soberbio (con un estupendo documental) que logró remover la conciencia histórica de los belgas y que tampoco deberían dejar de leer. Pero Enterrad las cadenas es algo más que un buen libro de historia escrito con el más cautivador lenguaje periodístico. Se trata de un relato informado y conmovedor de la primera gran campaña por la justicia global. Por sus páginas desfilan clérigos y creyentes visionarios como Thomas Clarkson y Granville Sharp; esclavos manumitidos que transforman a la opinión pública con sus escritos, como Olaudah Equiano; parlamentarios reformistas que hicieron de esta causa la lucha de una vida, como William Wilberforce; o guerrilleros legendarios como Toussiant L'Ouverture, que lideró en Haití la revuelta de esclavos más importante de su época, derrotando a ingleses y franceses e inflamando a las comunidades de esclavos del Caribe.

En una lucha que se prolongó durante casi cincuenta años, el movimiento anti-esclavista convocó los mejores sentimientos de una sociedad impresionada por las revoluciones francesa y americana, y utilizó por primera vez las herramientas de campaña que hoy nos resultan tan familiares: las cartas a los periódicos, las entrevistas con los representantes políticos, los boicots al azúcar de las plantaciones esclavistas o los informes que ilustraron con historias y datos los hechos que se pretenden denunciar. Por encima de todo, relata el empeño de un puñado de activistas por transformar una realidad que en aquel momento era aceptada por la inmensa mayoría de sus sociedades.

El fin absoluto de la esclavitud no llegaría hasta un siglo después, y en muchos países aún resulta papel mojado. Pero Sharp, Clarkson y otros como ellos fueron parte de la mecha que prendió más adelante campañas por el sufragio de las mujeres o el fin de la segregación racial. Me pregunto en qué causas perdidas se comprometerían ahora.

Enterrad las cadenas está publicado en castellano por Ediciones Península.

Aquí encontraréis una entrevista con el autor a propósito del libro.